El grupo como norma

Creo que poca gente, salvo los que estudiamos estas cosas, ha oído hablar alguna vez de Henri Tajfel. Tajfel era un psicólogo social británico nacido en Polonia descendiente de judíos. En la II Guerra Mundial fue arrestado por los nazis y pasó bastante tiempo en varios campos de concentración, pero al no poder demostrar que era judío, fue liberado. Cuando Tajfel volvió a casa descubrió con horror que nadie de su familia y muy pocos de sus amigos habían sobrevivido al Holocausto nazi.

Se dice que esto le influyó enormemente y que sus trabajos están impregnados de esta influencia grupal que puede suponer un cambio de actitud radical en el individuo. Pero quizá estoy yendo demasiado lejos en sus teorías. Sólo quería hablar de un trabajo de diseño y desarrollo muy simple, pero que demostró cuán automático es para nosotros categorizar a los demás así como a nosotros mismos dentro de un grupo.

A un grupo de chavales de secundaria que no se conocían entre sí, cuarenta y ocho en total, se les dividió en tres grupos, y a cada grupo se les proyectaron doce diapositivas. Seis mostraban cuadros de Klee, y seis de Kandinski. Al terminar el pase de diapositivas se les pidió que escribieran qué pintor era su favorito, sin haber aclarado en ningún momento en las diapositivas de quién era cada obra.

Tras recoger los papeles donde escribieron sus preferencias se les entregaron una serie de matrices en las que tendrían que “recompensar” a dos compañeros suyos, a los que por supuesto les cubría el anonimato. Uno de los “recompensables” prefería a Klee, y otro a Kandinski. El sujeto de la prueba tenía que marcar en una matriz cuánto “dinero” le asignaba a uno y a otro, teniendo en cuenta que cuanto más asignara al primero, menos le asignaba al otro. Esto es un ejemplo de matriz.

El sujeto sólo podría ver una de las matrices. Como se puede ver, si nos ponemos en la matriz A, considerando la primera fila como lo que recibiría el sujeto de su mismo gusto artístico y la segunda como lo que recibiría el del gusto artístico diferente, si nuestro sujeto eligiera, por ejemplo 15, automáticamente el otro chico recibiría 9. Como norma común siempre habría una opción para dar a ambos chicos el mismo “premio”, justo en la mitad.

Cuanto terminó el experimento, Tajfel confirmó lo que sospechaba. El 72.3% de los sujetos favorecieron a los miembros de su mismo grupo, el 8.5% dieron la misma cantidad de premio a los dos grupos, y el 19.2% favorecieron a los del otro grupo.

Hemos de recordar que los sujetos no se conocían entre sí, no mantuvieron ningún tipo de contacto y se consideraban completamente anónimos. Aún así, se observa una firme y constante tendencia a favorecer a los miembros del propio grupo.; a unos miembros que son anónimos, con los que no se ha interactuado, con los que no se sabe si comparten intereses, que no están revestidos de poder ni autoridad alguna para nosotros. Tajfel sentenció:

Sus acciones están tan claramente dirigidas a favorecer a los miembros de su propio grupo como contra los miembros del exogrupo

A partir de entonces Tajfel vio al grupo como una norma, teniendo la pertenencia grupal como único marco de referencia en nuestro comportamiento. La simplificación del mundo social en un “nosotros” y un “ellos” conduce a un favoritismo caprichoso que alimenta bajas pasiones. Es común leer en los periódicos cosas como:

- Tribus cristianas matan a cientos de musulmanes en Nigeria
- Soldados norteamericanos humillan a prisioneros de guerra en Irak
- Una cuarta parte de los adolescentes de Gaza quiere ser suicida de mayores

No se nos puede ocultar el peligro que entraña agitar las aguas de la grupalidad, sacudir los sentimientos de pertenencia grupal, remover las emociones de la horda. Si de manera primitiva un grupo de niños elige premiar al grupo en el que se considera miembro sin conocer a ninguno de los demás componentes, imaginemos la unión de esos grupos que tienen toda una historia detrás de interacciones, recuerdos y esperanzas.

No podemos obviar lo que ya sabemos.

El contexto

Pocas veces puedo decir que estoy disfrutando cuando estudio. La única asignatura que me ha quedado para septiembre resulta ser muy bonita de leer, pero muy complicada de aprobar. Ahora que he empezado a volver a estudiar la psicología de los grupos quiero ir haciendo mención poco a poco de apartados reseñables que hacen de la Psicología una de las logias más bonitas de estudiar. ¿Hay algo más bonito que estudiar nuestro comportamiento? Probablemente, pero no en mi caso, que lo disfruto enormemente. Hoy quiero hablar muy por encima de algo muy estudiado en psicología, pero aún con mucho recorrido por limar. Supongo que volveré a este concepto de aquí en adelante más en profundidad.

¿Quién de nosotros puede decir que nunca ha catalogado a una persona a partir de una o dos interacciones con ella? Todos nos hemos encontrado con el típico listillo, el ligón, el tímido, el agresivo, etc. Nos lo presentan en la discoteca, y zas, en diez minutos sabemos más o menos de qué pie cojea. ¿Os suena esto? Seguro que sí. Todos tenemos rasgos de personalidad, que van fluctuando según vamos madurando. Las experiencias hacen que nuestra agresividad baje o suba, al igual que nuestra timidez, o nuestra extraversión. Nuestro pasado nos determina. Las relaciones con las personas nos van dando esa necesaria experiencia para prevenir el futuro y adaptarnos a él. Sin embargo, la biología tiene mucho que ver en esto. Las hormonas son combustible para muchos de nuestros comportamientos. Por ejemplo, los hombres solemos ser agresivos en la conducción cuando somos jóvenes, dando paso a un manejo del coche más tranquilo según crecemos. Esta “gasolina” biológica (en este caso concreto, la testosterona) es un factor interno que cada uno poseemos de manera única, muchas veces predeterminada genéticamente. Un hijo de un alcohólico tiene más posibilidades que un hijo de alguien no alcohólico de tener menos autocontrol con situaciones que le hagan liberar dopamina, como beber alcohol, jugar al poker, tener relaciones sexuales, etc. Las fluctuaciones están ahí. El GRAN problema es que no sólo son internas, inherentes a nosotros.

Hay otras fluctuaciones mucho más poderosas que afectan al comportamiento del individuo, haciendo que a veces se comporte de manera completamente diferente a como a priori habríamos creído que se comportaría. En psicología el término “contexto” resulta ser una variante que habría que tener mucho más en cuenta de lo que la tenemos. Porque, reconozcámoslo: nuestro cerebro va casi siempre con la última marcha engranada, a toda velocidad. Cuando conocemos a alguien fabricamos un esquema mental muy rudimentario que vamos rellenando poco a poco según vamos teniendo más experiencias con esa persona. Este esquema se crea en segundos. Tenemos su nombre, su aspecto, el tono de su voz, su mirada, cómo gesticula, qué piensa de ciertos temas básicos (religión, política) y ¡voila!; ya tenemos una ficha casi completa de esta persona que acabamos de conocer. Si nos montamos en el coche con él y conduce agresivamente y dice tacos pensaremos que es una persona agresiva. Da igual que ese en realidad sea el peor día de su vida y se esté comportando de esa manera porque está bajo un gran estrés. Es lo mismo que esté conduciendo un coche viejo con unos frenos penosos y una caja de cambios que no introduce las marchas a la primera. Nuestro cerebro piensa que las fluctuaciones externas no son controlables, y es mucho mejor etiquetar a alguien basándonos en lo que vemos en él, que no en lo que hay detrás. Claro. Lo que hay detrás no es controlable casi nunca.

El contexto, pues, nos encierra en una prisión mental de la que es complicado salir. Si alguien es infiel una vez, solemos pensar que lo va a ser muchas más veces sin detenernos a pensar en por qué lo fue. Si alguien mata a un perro, amigos, es un mataperros. Y quitarse el sambenito es tarea muy complicada. Como dicen Blanco, Caballero y De la Corte:

Olvidamos el contexto y obviamos la situación, responsabilizando únicamente al sujeto de todas sus venturas y desventuras (si es pobre es que no tiene motivación de logro, si vive en condiciones infrahumanas es que no es trabajador, si no tiene empleo es por falta de ambición, si bebe es porque es un vicioso) [...] trazamos la imagen de un sujeto que existe al margen de todo lo que le rodea.

Esto es claramente un error. Nuestro cerebro nos empuja a no pensar en las condiciones externas. Nos es más fácil ajustarle a unas condiciones internas, unos rasgos de personalidad. Con ello siempre estaremos prevenidos ante lo que pueda pasar, pues pensamos que “conocemos” a esa persona.

El contexto ha transformado a personas honradas en nazis que mataban porque el contexto lo requería (hablaré de ello otro día). No lo subestimemos. Es MUY poderoso. Milgram y Zimbardo lo saben bien. Cuando alguien conocido haga algo que no os esperéis recordad este pequeño artículo y buscad la base de su fluctuación. Ese pico en la gráfica de su comportamiento muy probablemente venga determinado por el contexto.

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Deberíamos regresar

El tren llega, haciendo ese ruido de tormenta chillona que hacen los trenes antiguos cuando terminan de parar. Bajamos, y el frío nos sacude en los morros. Me dices que me ponga la bufanda mientras yo te coloco el gorro, ese que con dos simpáticos botones te hace parecer una pequeña hormiga. Me empujas sonriente, haciéndote la ofendida.

Andamos sin rumbo fijo. Queremos conocer el pueblo, empaparnos sin prisa, sin más. Doblamos aquella esquina, y la que hace el edificio aquel. ¡Qué silencio!, te digo, y mientras me miras sonriente entramos en un café.

Tú un té, un capuccino para mí, y nos sentamos dispuestos a profesar nuestra única religión, la de la lectura que sólo puede ser interrumpida por preguntas ingeniosas o caricias con dedicación. No recuerdo qué leí, ni lo que leíste tú, pero sí recuerdo el embriagador aroma a café y tu sonrosada cara radiante de felicidad. Salimos, y nos dirigimos al puerto. Las gaviotas nos sobrevuelan con su eterno protestar. Todo está tan blanco, pienso; y me doy cuenta de que nunca había visto nieve tan cerca del mar.

Vemos un muelle donde sentarnos, y hablamos de las casas del otro lado de la pequeña bahía. ¿Te imaginas que compráramos una casa allí? ¿Te gustaría? Me preguntas con esa mirada de niña pequeña que echa su imaginación a volar. No contesto inmediatamente y me dispongo a soñar. No me cuesta nada verme en un amplio salón, con enormes ventanas y lleno de libros, ¡un montón!. Gran cocina y mejor equipo de música. Mientras mentalmente pongo Miles Davis en nuestro nuevo nido de amor me giro para decirte que me encantaría, pero me sorprende tu cara en el camino. Me besas con delicadeza al tiempo que ese magnífico jazz resuena en la casa, y en mi interior.

Es bonito el pueblo, te digo, cuando dejamos el muelle atrás. ¡Me sorprende que no sea más grande, que no lo aprecie la gente más!, hablo pensando en voz alta. Un bar con una copa de cóctel por rótulo luminoso irrumpe en el camino. ¡Entremos!, me dices mientras me arrastras agarrado de tu mano al interior. En la carta, esos mejillones destacan entre todo lo demás. ¡Hecho! Los acompañaremos con dos copas de vino, de la tierra, por favor. Me hablas de todo y de nada. Recuerdo poco, pero todo se queda. Sí sé que suena flamenco de fondo en el bar. Flamenco, tan lejos de mi gente, tan cerca de mi hogar…

Salimos del café sin saber que construimos allí mismo los cimientos para un recuerdo que siempre nos acompañará, el que nos dejó el café de nuestro pueblo marino, donde aquellos deliciosos mejillones hicieron de tejado para finalizar la gran mansión de añoranzas que habíamos empezado a edificar. En el futuro, me dices con ternura, deberíamos regresar.

Y felices a rabiar, volvimos cogidos de la mano al tren que nos llevaría de vuelta a la gran ciudad.

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