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¿Obsesionado?

En este puente de mayo he tenido dos sueños un tanto extraños, ambos relacionados con mi viaje a EE.UU.

En uno de ellos, recuerdo que estaba con Orum y con otra persona que no conozco, e íbamos a la casa de un amigo de esta última, en Gijón. Entramos en su casa y no recuerdo qué hicimos allí. Lo único que conservo en la mente es que fuimos a la playa de Gijón (nunca he estado allí), y mientras Orum se bañaba y el otro chaval deambulaba por ahí, yo miré la hora, comprobando con horror que quedaba una hora y media para que saliera nuestro vuelo a San Francisco. Casi tirándome de los pelos (de los huevos) se lo dije a los otros dos, a sabiendas de que ya era imposible llegar a Madrid a tiempo. Me desperté jodido, pensando en lo idiota que era por haberme ido a la playa el mismo día que salía nuestro vuelo a USA.

Hoy he vuelto a soñar con el viaje, pero de manera diferente. He soñado que no alquilábamos el coche a una empresa profesional, como Hertz o Avis, sino que se lo alquilábamos a los dueños de una gasolinera. Estuvimos probando cómo conducir en modo automático, entre otras cosas. Más adelante, el sueño se mezcló con cosas del curro… y se perdió la base del viaje.

Todo esto me hace pensar que seguramente tenga ya una pasión obsesiva y enfermiza por el viaje. Tanta ilusión creo que no puede ser buena, porque… ¿y si luego el viaje no responde a mis expectativas? ¿y si resulta que EE.UU no me va a gustar?

¿Será bueno pensar tanto en el viaje?


Chicane feat. Tom Jones – Stoned in Love


[tags]sueño, Gijón, playa[/tags]

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Sueños: Miriam

La noche del domingo al lunes soñé con Miriam. Es una chica a la que nunca he conocido en persona, pero por fotos y conversaciones telefónicas siempre me ha parecido una chica atractiva, e interesante.

El sueño comienza en un piso pequeño, en el que estamos viviendo cinco o seis personas, entre ellas Miriam. Al parecer, por las conversaciones entre nosotros, esperamos nerviosamente a alguien. La tensión que se respiraba en el piso bien podía asemejarse a lo que supongo que sienten los traficantes de drogas o de armas justo antes de realizar una operación importante.
Entre nosotros había un chico con rasgos chinos, tremendamente preocupado porque se tenía que beber una botella de licor antes de que al día siguiente llegaran “ellos”. Recuerdo que dentro del piso había dos ascensores juntos, (como los de El Corte Inglés, o los de los hoteles), y de vez en cuando se abrían, poniéndonos a todos en tensión.

Pero bajo toda esa preocupación yo miraba a Miriam con esos ojos que les pones a la gente que te gusta. Ella a mí, también. Pese a no haberla visto nunca en persona, sólo en fotos, en el sueño estaba muy guapa, con el pelo largo, los ojos grandes y negros y un aire de sensualidad femenina arrebatador.
De repente, algo pasa. Entre el barullo de conversaciones y la tensión mascable, son las tantas de la madrugada y a “El chino” hace unas horas que no le vemos. Con miedo, bajamos todos en ascensor a la planta -2. Nada más abrirse las puertas, un fétido olor inunda nuestras fosas nasales. Huele mucho a muerto. Salimos del ascensor, y entramos a una especie de vestíbulo elevado al que se accede mediante unas anchas y lujosas escaleras de mármol en forma curvilínea.
Ahí, en las escaleras, apoyado en el pasamanos y con una botella de licor en la mano izquierda, inerte se encuentra el cadáver de “el chino”. Según me dice uno de los que viven en el piso conmigo (o era Vin Diesel, o un hermano gemelo suyo), ha fallecido porque se ha apoyado durante mucho tiempo sobre el brazo derecho mientras bebía, lo que ha provocado el corte de la circulación de la sangre en ese brazo, con resultados fatales. Asiento sorprendido. “El chino” ha muerto, y al parecer, sin él no había trato con quienes esperábamos el día siguiente.

En la siguiente escena, como si de una película se tratase, Miriam y yo salimos del centro comercial que hay cerca de mi casa. Hemos hecho compras, y las llevamos para el piso. Al no haber trato todos nuestros compañeros de piso se han ido, y sólo quedamos nosotros dos. Llevo un café solo en la mano, y le pido a Miriam un cigarro. Me lo enciendo, y se me acerca un hombre pidiéndome fuego. Dejo el café en el suelo para coger el mechero, y para mi asombro el hombre pone su pie encima de mi café. Ante mi mirada sorprendida, me aclara: “Te lo estoy tapando para que no entren bichos”. Retira el pie, y como es natural, el café se ha llenado de tierra y mierda. Enfadado, apago mi cigarro en el café, y le respondo un irónico “muchas gracias”.

Miriam y yo entramos en casa. Llegados a este punto del sueño, descubro que en realidad estamos muy enamorados, pero nunca nos habíamos liado. Y así, mientras ella sostiene unas tazas que acabábamos de comprar y yo le doy un beso de película se termina este sueño.

Siempre que me levanto tras un sueño especialmente real me pregunto: “¿Algo así me va a ocurrir? ¿Tendrán los sueños algún poder adivinatorio?”

Horas después del sueño te das cuenta de que es absurdo preguntarse esas cosas…

[tags]Miriam, amor, sueño, beso[/tags]

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Sueños: La tumba

Inauguro esta categoría porque siempre me ha gustado la idea de dormir con un bloc de notas al lado para escribir los sueños que tengo, y así después recordarlos mejor.

El sueño que he tenido hoy, como la mayoría de los que tenemos todos, ha sido muy raro. Me encontraba en un pueblo, llamado Figueroa, situado en la provincia de Valladolid. Ese pueblo no lo he oído en mi vida. El nombre y la localización son imaginarios (propios del sueño, y por la búsqueda en Google, no parece ni que exista). Iba andando por la calle principal, esa que todos los pueblos tienen, cuando veo al fondo un grupo numeroso de gente, escuchando a lo que parece ser un guía, situado junto a una especie de estatua. Me aproximo, y logro oír que estamos frente a un edificio construido en memoria del Papa nosequién, el cual fue desposeído de su condición ahí mismo. En la estatua aparece un menda con los atavíos típicos del Papa, nada más. Frente a la estatua, una gran edificación, construida casi a modo de museo, a la que entro.

La primera sala a la que voy es una especie de mausoleo muy grande, con un atrio para que se sitúen las visitas, un relieve sin acabar de un hombre en la pared y el techo completamente negro. En la pared del fondo, caras en relieve, todas tristes y con la boca en movimiento, quizá por algún artificio. En el suelo, cruces grabadas, sin orden ni sentido, unas más grandes y otras más pequeñas. Rarísimo.

Salgo de esa sala y me llevan a otra donde se venden aparatos. Algo así como el Tumbashop. Veo una correa extensible para perros, un calidoscopio, y muchas cosas inservibles. Me paro frente a una pantalla de plasma enorme. Está conectada a una consola de videojuegos, y alguien acaba de terminar su partida sin introducir su nombre en la puntuación final. Pongo rápidamente tres letras e intento jugar. Descubro que hay que echar monedas. Salgo, frustrado, pensando que ya he visto todo lo que tengo que ver.

En el exterior, resulta que el pueblo está completamente en ruinas. Se ven casas a través de casas, calles atravesando edificios, caminos de tierra y la iglesia allá al fondo parece fantasmagórica. Me dirijo a un camino rural que bordea el pueblo, y a los pocos metros y tras una pequeña colina descubro un paisaje precioso que me deja casi sin habla. Montañas verdes formando un valle, con un río allá abajo. A mi izquierda, para mi gozo, hay una explanada enorme de césped. Me tumbo allí y saco mi cámara de fotos. Nada más hacerlo y ponerme a enfocar, aparece un hombre con una chica guapísima por donde yo he venido. La chica no hace más que mirarme, y de hecho se acerca. Se sienta a mi lado, y me pregunta qué hago. Yo, con los nervios no sé qué toco en la cámara y en la pantalla no sale nítida la foto que quiero hacer. El hombre se sienta cerca de nosotros, leyendo el periódico. Comprendo en ese instante que es su padre. La chica, en su afán por ver qué toco, se acerca más, y más. Puedo notar su respiración en mi boca, y si sacara la lengua la rozaría los labios. Y es que es tan guapa…

Me olvido de la cámara y la beso. El padre protesta malhumorado, pero no se mueve y sigue a lo suyo. Ella parece que quería lo mismo, pues me sigue el juego. Retozamos en la hierba, uno encima del otro hasta que… me despierto.

Que conste que no me invento absolutamente nada de lo que sueño. Si lo hiciera, no tendría sentido escribir esto.