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Cuento: La peluquería

Caminé con precaución hacia el sureste, por una estrecha calle paralela a la Gran Vía. El silencio era antinatural, y me costaba mucho acostumbrarme a oír exclusivamente el ritmo de mi respiración y el sonido hueco de mis pasos. En su soledad se tornaban graves, como un tambor que martilleaba mi cerebro, impidiendo que me pudiera concentrar. Llevaba en el cinturón una pistola semiautomática, y en las manos una escopeta que encontré junto a un coche de la policía empotrado contra un quiosco cerca de Plaza España. El asfalto estaba aún mojado por la lluvia de la noche anterior, y algunos charcos reflejaban el sol que se alzaba en lo alto de los edificios. Ni siquiera se oía el sonido cantarín de los gorjeos de los gorriones. Muchos de ellos yacían muertos, tirados de cualquier manera en la calle, como si todos hubieran sido fulminados por un rayo. El solo hecho de imaginármelos cayendo de los cielos al mismo tiempo como cuerpos sin ánima me estremeció. Uno, otro, otros tres. Allí y allá, ligeros pesos marcando un redoble de percusión.

De repente, un ruido seco me sacó de mis pensamientos. Allá, al fondo de la calle me había parecido distinguir el sonido de una puerta al cerrarse. Me paré en seco y agudicé todos mis sentidos. Maldije mi poca astucia al no haber cargado la escopeta antes, cuando el hacerlo no suponía revelar mi posición. Con sumo cuidado, y sin dejar de mirar al frente, me guardé la escopeta en la mochila, y saqué la pistola. Comprobé que estaba ya cargada. Quité el seguro y me dispuse a avanzar. No di ni cuatro pasos más cuando súbitamente volví a oír el mismo sonido. ¿Es que alguien me estaba tendiendo una trampa? Miré a mi alrededor, esperando una emboscada desde algún sitio que no tuviera controlado, pero todo parecía extrañamente tranquilo. Volví a fijar mi mirada hacia la calle, y creí ver algo de movimiento a unos cien metros, lo que me petrificó. Cogí con manos temblorosas los prismáticos que colgaban de mi cinturón, y los usé para enfocar el sitio. Podía oír los latidos de mi corazón mientras tragaba saliva. Pum pum, pum pum, pum pum. La puerta de una tienda estaba semiabierta, y una racha de aire estaba moviéndola, haciendo que golpeara el marco de cuando en cuando. Con algo de esfuerzo me tranquilicé un poco y anduve unos metros para verla mejor sin necesidad de instrumentos. La puerta parecía pertenecer a una peluquería. Tras un rápido vistazo en derredor, reuní fuerzas y me acerqué un poco más, siempre desde la acera opuesta. La puerta se movía poco, pero en ocasiones un pequeño golpe de aire hacía que se agitara y se golpeara contra el marco, haciendo un sonido que reverberaba en la calle; tal era el silencio. Un ventanal a la derecha de la puerta y ésta misma componían la fachada de la peluquería. Mauro Pierotti, rezaba el cartel.

Pensé en seguir avanzando, pero un nuevo portazo me hizo darme cuenta de que el sonido podría atraer a más gente – si es que había – , como había hecho conmigo. Me acerqué a cerrarla, con sumo cuidado de no hacer más ruido, pero al intentarlo reparé en que la cerradura estaba deformada por los golpes y que sería imposible hacerlo sin usar algo para sostenerla. Con un vistazo comprobé las cercanías, pero no divisé ningún objeto pesado que pudiera servir de tope. Quizá dentro hubiera una ventana abierta, causante de que hubiera corriente y la puerta se moviera. No podía distinguir qué había en su interior, pues las sombras oscurecían los cristales. Decidí dejar de respirar durante unos segundos, quedándome muy quieto, intentando escuchar cualquier sonido que pudiera provenir del interior. Salvo el repiqueteo de mi corazón, nada. Entré en la peluquería con la pistola en la mano, apuntando a cualquier objeto que se posara sobre mi vista. Un golpe de olor nauseabundo sacudió mis fosas nasales. Supuse que habría cadáveres dentro, como en casi todos los lugares donde había entrado. Antes de bajar los tres escalones dejé que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Una suave brisa sacudió mi cara, y mechones de pelo acariciaron mis botas cuando puse los pies sobre el suelo del establecimiento. Eché un rápido vistazo al interior. La estancia, aunque oscura por la falta de suministro eléctrico, estaba repleta de lámparas halógenas, tanto en el techo como en las paredes. Las lámparas rodeaban también tres grandes espejos que colgaban de la pared de la izquierda, y frente a ellos se situaban tres sillones. En uno de ellos, el último, había una persona sentada, mirando macabramente a la puerta. Tenía la boca cerrada con una extraña mueca, y los ojos tan abiertos que parecía que se sorprendiera de verme. Estaba muerto, pero eso no impidió que dejara de mirarlo de reojo con precaución. En el suelo había otro cadáver. Vestía una bata blanca, y en su mano derecha aún sostenía las tijeras con las que se había ganado la vida. No podía verle la cara, pues se encontraba girado mirando con los pies hacia la puerta. Al fondo de la estancia vi que asomaba un pequeño rayo de luz y se fijaba sobre una pared. No veía la fuente de la luz, por lo que me acerqué con decisión, y al doblar la esquina vi una ventana pequeña, que daba a una calle perpendicular. La cerré sin hacer mucho ruido, y me volví a la puerta, dispuesto a continuar con mi camino.

Al volver sobre mis pasos vi la cara del peluquero. Su boca estaba tan abierta que podía verle los dientes. Los ojos los tenía igual de abiertos que los del cliente, como los de todos, todos los demás cuerpos. Algo había matado a todo el mundo y por alguna extraña razón ese algo pasó de largo al verme a mí. Al principio pensé en ello como una bendición, pero estos paseos empezaban a deprimirme. Ya habían pasado dos meses desde que me levanté aquella mañana para encontrar sin vida a mis padres, mi hermana, mis vecinos, mis amigos y el resto de la gente. Dos meses sin hablar con nadie, sin ver a nadie, sin siquiera poder adoptar un perro o un gato al que contarle mis desdichas. Nadie, en ningún sitio. Salí a la calle y empujé con cuidado la puerta tras de mí. Esperé uno segundos y comprobé con satisfacción que ya no se movía. Continué con la marcha calle abajo, buscando un supermercado que mi precario mapa de la ciudad fijaba unas manzanas más allá…

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Cuento: La figura del bosque

Iba caminando hacia su casa cuando de repente la noche se le echó encima. Pensaba que había salido con tiempo para llegar antes del anochecer, pero se encontraba a mitad de camino entre la capital y su pequeño pueblo. El camino discurría serpenteante entre un inmenso bosque, sorteando maleza, zarzas y arbustos. Era la primera vez que se encontraba en la profundidad del bosque cuando el sol ya se había puesto, y la intranquilidad le inundó. Calculó que podría recorrer lo que le quedaba de camino en apenas diez minutos. Pero con la oscuridad el bosque pareció callar, y comenzó a suspirar a través del sonido que hace el viento cuando mece las hojas. No se oía animal alguno, ni siquiera los reconocibles chillidos de los murciélagos, o el nervioso correr huidizo de los ratones. Sólo las hojas, bailando mientras sonaba el son que ellas tocaban. Para no asustarse aún más decidió comenzar a silbar y a cantar mientras andaba. No quería oír ningún sonido salvo el de su propia voz. El paso comenzó a ser más ligero, casi un trote. Evitó mirar a su alrededor para no caer en la sugestión de las sombras, y fijó su mirada únicamente en el camino que le quedaba por recorrer.

De repente, una voz le sobresaltó. ¿Había sido eso una voz humana? ¿Había alguien más en el bosque a esas horas, además de ella? Frenó en seco, dejó de cantar y contuvo la respiración. El concierto de ramas y hojas llenó el bosque de misterio, pero unos segundos después, y sin previo aviso, calló. Y nada más callar se oyó una voz. Una voz femenina, grave, que decía:

¡Eh!

El miedo paralizó sus músculos, y se obligó a respirar y a acompasar su aliento con el martilleo que su corazón tocaba en sus oídos. La voz había venido del camino, justo en la dirección en la que marchaba. Y esa voz… esa voz creía reconocerla. Buscó con la mirada en derredor suyo, pero no logró divisar silueta alguna. El bosque seguía callado, como esperando un acontecimiento que estaba a punto de suceder. Un crujido le sobresaltó. ¿Qué había sido eso? Allá, a lo lejos, cerca del claro, había una figura que se movía. De inmediato, la figura habló.

¡Eh, tú! ¡Ven aquí!

Esta vez el miedo casi le paraliza el corazón. ¿Quién era esa mujer, qué hacía en el bosque a solas, y por qué le resultaba tan familiar? Decidió sobreponerse y avanzar. Le asustaba mucho más retroceder y echar a correr en mitad de la oscuridad.

¿Quién eres?, se atrevió a preguntar.

¿No me reconoces?, rió burlona la sombra.

Se fue acercando poco a poco a la figura. Parecía tener el pelo largo, como ella. Estaba apoyada en un árbol, con un pie cruzado sobre el otro mientras parecía sostener algo en la mano.

¿Quién eres?, volvió a repetir. Los nervios contraían su estómago.

¿No me conoces? Acércate. Sólo quiero darte algo.

Aquello era demasiado extraño. ¿Una chica de su edad en un solitario bosque? Se acercó más para distinguir la cara de la figura, pero con todos los músculos en tensión por si tenía que retroceder de un salto. Una nube tapaba la luna, impidiendo que las sombras se apartaran del rostro de la desconocida. La silueta habló de nuevo.

Necesito que me hagas un favor. Dile a tu madre que por fin he encontrado lo que ella andaba buscando.

Un brazo surgió de la negra figura, sosteniendo un sobre en una mano tragada por la oscuridad.

No lo abras, advirtió la chica. Dáselo a tu madre. Dile que lo encontré en la bahía, donde siempre ha estado. Ella te explicará.

En ese mismo momento el bosque comenzó a sacudirse con un estrepitoso y repentino viento de los que sólo ocurren cuando va a caer una tormenta. Se guardó el sobre en el bolso para no perderlo, y cuando levantó la vista la luna ya iluminaba el árbol donde se apoyaba la figura. La figura ya no estaba.

Echó a correr presa del pánico. Más adelante no recordaría cómo llegó ni cuánto tiempo pasó hasta que entró en su casa a trompicones, completamente pálida y con lágrimas de miedo en los ojos. Le explicó a su madre su aventura, y tras una reprimenda de ésta por aventurarse a ir por el bosque cuando el sol ya se había ocultado, cogió el sobre y lo abrió, sacando de él una pequeña medalla colgada de un collar de oro.
De repente su madre puso los ojos en blanco, palideció y cayó al suelo con gran estruendo. Su padre, que se encontraba cerca, intentó reanimarla con agua y con un par de bofetadas. La impresión fue mayúscula, pero más aún cuando su padre comprendió por qué su esposa se había desmayado.

¡Ay Dios mío!, cantó como un adolescente.

¡Esa medalla… esa medalla es la que llevaba tu hermana el día que desapareció en el puerto! Apareció su cadáver días después, ¡pero le faltaba la medalla colgada del cuello! Tu madre llevaba años rezando para encontrarla. Todas las mañanas iba a la playa a pasear mirando al suelo por si se la encontraba. ¿Dónde la has conseguido hija? ¿Quién te la ha dado?

Otro estruendo sacudió el suelo.

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Cuento: Johnny Fire

Johnny Fire siempre quiso ser batería de un grupo de rock. Desde que era niño le gustaba golpear los palos contra cosas para hacerlos sonar. Ya de adolescente entró en una banda de su pueblo, y era tan bueno que le ficharon los Demon Tales cuando su famoso batería murió de sobredosis de heroína.

Johnny no se lo podía creer. Allí estaba, en San Francisco, Miami, New York, Dallas, en su Buffalo natal, dando golpes con los palos y haciendo saltar a un montón de gente al ritmo que él imponía.
Pero un día, nadie sabe por qué, empezó a maltratar los palos. Podías verle darle con furia a los toms, haciendo que su pelo rubio subiera y bajara vertiginosamente. Las canciones sonaban más contundentes, tanto que el encargado de sonido tenía que bajar el volumen de los golpes de Johnny para acomodarse al de las guitarras, el bajo y el vocalista. Johnny acababa exhausto, pero extrañamente feliz. Es como si descargara todas sus emociones ahí arriba, en el escenario.

El último concierto que dio Johnny Fire fue el de Chicago, hace un par de semanas. El ritmo fue vibrante desde el principio. Johnny sacudía las baquetas a la velocidad del rayo, y sus golpes eran truenos sobre el público. Pero algo pasó en el momento álgido de su canción favorita, Out of the blue. Uno de sus golpes dejó escapar un crujido, como el de un árbol partiéndose por la mitad, y el sonido se interrumpió. Allí estaba el pobre de Johnny, mirando su baqueta, la cual había partido por la mitad, haciendo que varias astillas se le clavaran en la muñeca, la cual sangraba profusamente.

Johnny no quiso tocar ninguna canción más ese día, por lo que se suspendió el concierto, provocando un buen tumulto. Anunció que se separaba del grupo una semana después, y hasta ayer nada hemos sabido de él. Apareció muerto en la habitación de un triste motel cerca de Boston, colgado de la lámpara del techo. Una nota colgaba del bolsillo trasero de sus jeans gastados. Ésta decía:

Cuanto más me latía el corazón, más fuerza empleaba. Al final se partió la baqueta, y con ella…

Le enterramos ayer. Estuvimos todos allí, menos Jane.

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