Ayer me monté en el Metro. Quedé con Muro para que me acompañara a recoger unos auriculares 5.1 que me habían descambiado por estar defectuosos. En el breve tramo de dos estaciones, y bajo el sonido de la canción que recomiendo al final de este artículo, se crea a mi alrededor una película con su banda sonora. Un europeo del este, agarrado a una de las barras que cuelgan del techo de cada vagón, se mece silenciosamente, perdido en sus pensamientos. Sentados junto a mí, una pareja de sudamericanos ríe abiertamente, mirándose con ojos enamorados. Enfrente, descubro que una chica sentada me estaba mirando. Al verse descubierta en su furtivo vistazo, retira su mirada nerviosamente. ¿Qué estaría pensando?, me pregunto…
El tren para en Carabanchel. Todos salimos del vagón y nos separamos, para quizá no volver a vernos nunca más. Y así, asombrado por la poca atención que le prestamos a los sucesos más mundanos, me doy cuenta de que el Metro es un conglomerado de vidas, ilusiones, emociones y proyectos de futuro al que nadie prestamos atención. Al fondo veo a Muro. Me quito los cascos, desconecto mi iPod y le doy un abrazo, sin olvidar que hace un momento he formado una pequeña parte de la vida de muchas personas, por el mero hecho de montarme en el Metro de Madrid.

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