El otro día iba por la carretera de Valencia cuando me ocurrió algo que creo que le encantaría que le pasara a mucha gente. Un BMW 330 me adelantó a unos 200-220 km/h, con la L de novato puesta detrás. Iba a tal velocidad que estoy convencido de que si se llega a chocar con alguien se mata él y al que le diera… eso si no cruzaban al otro lado de la mediana.
Me cagué en su puta madre un par de veces por su temeridad, y me olvidé del tema. Pero… ¡ay amigos!. A los 30 minutos del adelantamiento le veo parándose en el arcén porque dos motoristas de la Guardia Civil de Tráfico le habían parado. A buen seguro un radar le había cazado y los guardias le iban a empapelar. ¿Os imagináis mayor placer que ver cómo a un hijo de la gran puta le dan su merecido?
Muchas veces, cuando estamos hablando de aviones o aeropuertos siempre nos vienen a la cabeza momentos que hemos pasado en nuestro paso por ellos. En mi caso, hay uno del que siempre me acordaré, y cada vez que estoy con Muro, si sale el tema, nos apresuramos a contarlo.
Tras un vuelo a Roma de escala para ir a Toronto a reunirnos con nacHo, montamos en un Alitalia teniendo por delante nueve horitas de vuelo. Por suerte, Muro y yo cuando nos juntamos somos de los que no podemos parar de hablar, y pese a haber dormido poco, pasamos el tiempo recordando viejos tiempos, haciendo planes para el viaje, jugando a Magic (hacía que no jugaba por lo menos 10 años) e incluso contando algún chiste malo. Pero lo que recordaríamos fue lo que nos pasó al aterrizar. Nosotros, que ya estábamos como motos porque en pocos minutos comenzaríamos a patearnos Canadá, miramos por la ventana mientras el avión descendía haciendo la maniobra de aterrizaje.
Había nubes, y pequeñas turbulencias… y cuando nos quedaban apenas dos minutos para tomar tierra, el avión empezó a hacer ruidos extraños y a moverse de manera continua. El ruido y la vibración eran muy parecidos a los que hace un coche cuando va por un camino de tierra a toda velocidad. Muro y yo, risueños como nadie, empezamos a imaginar qué pasaría si el avión se hostiara… o si tomamos tierra, perdemos las ruedas y volvemos a ascender… y con cada payasada más grande, más risotadas nos pegábamos. Además, el avión, según iba bajando, más inestable parecía. Finalmente tomó tierra, y mientras nosotros nos descojonábamos pensando que todo ese ruido había sido normal, la cabina entera rompió a aplaudir. Fue en ese momento cuando despegamos la mirada de la ventanilla y pensamos… “joder… ¿y si de verdad algo iba mal?”
Por suerte, a los pocos minutos ya estábamos cada uno con nuestra maleta dispuestos a pasar aduanas