Mi viaje a USA
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Recuerdo que la noche antes del vuelo vi United 93, la película que cuenta los hechos que supuestamente le sucedieron a los pasajeros del avión que el 11 de septiembre se estrelló en un campo de Pennsylvania. Dormí poco, muy poco. Pero no me desperté cansado. Esa mañana iba a montar por primera vez en un avión, iba por primera vez a salir de España, iba a Estados Unidos. El sueño era lo que menos me importaba.
Phares llegó, me recogió, recogimos al Mosky, y nos fuimos para el aeropuerto. Alguna vez había ido a Barajas, pero en absoluto para tomar un avión. Por primera vez miraba las pantallas azules con un interés real. Encontré nuestro vuelo. No estaba retrasado. Todo iba bien. En apenas tres horitas ya estaría volando.
Recuerdo que en la cola para facturar el equipaje justo delante de nosotros había una rubia tremenda. Pero TREMENDA. Pelo liso, alta, delgadita. Además hablaba inglés, por lo que llevaba todas las papeletas para ser estadounidense. En la foto la podéis ver por detrás. Fue la primera chica de la que me enamoré en ese viaje.
Facturamos y entramos al Duty Free tras un buen número de controles. Por primera vez veía esas tiendas de las que tanto había oído. Esas que no tenían impuestos. Recuerdo que Phares, seguramente percatándose de lo boquiabierto que iba, dijo algo así como “Ya no estamos en España. Esto se considera internacional”. No sé si será cierto o no. Lo que es seguro es que abrí la boca aún más.
Tras comer unos bocatas y beber algo de agua, a diez minutos de que saliera el vuelo decidimos ir hacia nuestra puerta de embarque. Antes de que una chica cogiera mi billete y lo comprobara, pude ver por un cristal el avión de la compañía Delta que me llevaría a mi destino favorito. Pasamos por un pasillo angosto que comunica puerta con avión, y allí me encontré, en un espacio mucho más pequeño de lo que pensaba, buscando mi sitio. La verdad es que me sorprendió el pequeño tamaño del avión por dentro, a pesar de ser un 767.
Esperaba con ansia el momento del despegue. Phares me dijo que era mejor que el aterrizaje. Nos movimos durante un tiempo buscando la pista para empezar a volar. Una vez estuvimos en posición, los motores comenzaron a tronar… y la aceleración fue bestial. En menos de 20 segundos ya estábamos volando. Ya empezaba a ver los coches pequeños. Empezaba a ver casitas. Hasta pronto España.
El viaje transcurrió muy tranquilo. Se me hacía demasiado angosto el hueco para las piernas, las películas eran una mierda… pero la ilusión por lo que estaba haciendo, por algo que llevaba esperando muchos años anuló todos los inconvenientes que pudiera tener. Tras largas horas, cuando fuimos a aterrizar en Atlanta, comencé a volver a ver carreteras y casitas. Lo primero que distinguí fue una urbanización preciosa, llena de casas unifamiliares y de césped. Allí había una carretera. ¡Coches! ¡Camiones! ¡Y todos tan diferentes! Ese momento creo que se me quedará grabado para siempre. Ser consciente de que había llegado, de que estaba presenciando lo que había visto tantas veces en las películas. Es una gilipollez para el resto del mundo, puede ser, pero a mí me supuso el primer gustazo de triunfo por haber logrado cumplir un sueño.
Aterrizamos finalmente. Phares tenía razón. Es más emocionante despegar. Tras salir del avión y bajar unas cuantas escaleras, llegamos a la Aduana. Odio este trámite en el que el menda te mira de reojo como si fueras un terrorista. Además, era la primera vez que iba a hablar en inglés con alguien que no tenía ni idea de español, por lo que iba algo acojonadillo. El menda se limitó a poner cara de cabronazo y a preguntarme en un perfecto americano. “Wuaiarucomintudeiunaitdstst”. Primera frase. Primer pedete de acojone que se me escapó. Entendí algo a duras penas. “Pleasure”, creo que dije. El cabrón debió ver que yo tenía menos cara de terrorista que una monja, y decidió despacharme rápido. Me corrigió algunas cosas del papelito verde que nos dieron en el avión, y andando. Ya estaba en suelo estadounidense. Pero lo pasé mal. Os lo puedo asegurar.
Cuando nos logramos reunir los tres, vimos que el tiempo se nos echaba encima para el siguiente avión. Casi sin saber dónde dejar el equipaje, por intuición se lo dimos a un negro que lo tiró de mala gana a una cinta transportadora. Ahí el burranco rompió una pata de mi maleta que me estuvo torturando durante el resto del viaje. Nuestro avión estaba tan lejos que tuvimos que coger un tren que comunicaba las terminales. Por dos minutos llegamos tarde. Un azafato de tierra muy majete nos solucionó la papeleta y nos dio asientos para el siguiente hacia San Francisco, que salía un par de horas después. Esas horas nos sirvieron para dar un paseo por el aeropuerto, uno de los más grandes del mundo.
Compramos golosinas, unas revistas, bebidas… Un hombre nos debió escuchar hablar entre nosotros, y en un inglés mucho más fácil que el que tenía el de la Aduana me preguntó si era italiano. “No”, le dije. “Spanish”. Sonrió e hizo un gesto como de “Huy, casi”. El mito de que los americanos no saben dónde está España empezó a desmoronarse aquí, al menos para mí. Intentamos coger red mediante el wireless de nuestro portátil, pero era de pago. Tras hacer un rato más el moñas, fuimos para la puerta de embarque, donde por primera vez desde España y sin contar con mis amigos oí a alguien hablar en español de España. Creían estar perdidos, pero en realidad iban bien, por lo que no hablamos con ellos.
Finalmente, cogimos el vuelo hacia San Francisco. Nos esperaban otras cinco horitas de vuelo. Yo ya estaba cansado, pero una vez más la emoción me impidió conciliar el sueño durante todo el viaje… hasta el final del mismo, porque casi me duermo justo cuando íbamos a aterrizar. Miré por la ventana. Era de noche. Allí estaba San Francisco, nuestra línea de salida. Aterrizamos (mola más despegar, insisto) y fuimos como autómatas a por las maletas. Aparecieron la mía y la de Phares, pero no la del Mosky. Nos dijeron que dejáramos una dirección de hotel y que cuando la encontraran nos la mandarían. Salimos a la calle, y paramos el primer taxi que vimos. Mi cerebro debía estar absolutamente efervescente entre tanto impulso eléctrico. Olores, colores, sensaciones, oír otro idioma. Ya estaba allí. Ya había llegado. El viaje acababa de comenzar.


[tags]Barajas, pibón del 15, avión, Atlanta, San Francisco, California, USA[/tags]