Hago mías las palabras de Dragó. No conozco su obra ni su vida. Sólo sé que es un escritor que ganó el Premio Planeta. Pero joder, en dos minutos dice lo que yo llevo sintiendo ya un buen tiempo. Quizá yo no lamente “profundamente” ser español. No reniego de mis raíces, de las cuales estoy orgulloso. Yo lamento otros aspectos… y mis amigos ya saben cuáles son. Aún sigo luchando por dejar atrás todas mis penas en relación a mi país.
Pero joder Dragó. Lo has clavado amigo. Quitad lo del “lamento profundamente ser español” y podéis estar perfectamente escuchándome a mí.
Desde La Habana, la expedición navegó hasta divisar tierra el 25 de mayo de 1539 y desembarcar en la bahía de Tampa, a la que llamaron del Espíritu Santo. Desde ese punto, Soto se internó en la parte occidental de Florida con la intención de llegar al territorio de Apalache, junto al golfo de México. Fue la primera etapa de una expedición que en menos de cinco años recorrió gran parte del sureste de Norteamérica y atravesó los actuales territorios de Florida, Georgia, Carolina del Sur, Tennessee, Alabama, Misisipi, Kentucky, Missouri, Arkansas Texas, Luisiana, Indiana, Ohio e Illinois, hasta la región de Chicago, junto al lago Michigan. Un viaje alucinante del que muchos no volvieron, y que abrió a los españoles gran parte de lo que son ahora Estados Unidos.
En el área de Tampa, los expedicionarios encontraron a un Juan Ortiz, superviviente de la expedición de Narváez prisionero de los indios, que les sirvió de intérprete. Los españoles quedaron sorprendidos cuando, al cargar contra un grupo de indígenas oyeron la voz de un hombre que gritaba en castellano: “¡Soy Cristiano! ¡Soy Cristiano! No me matéis”. El cristiano con aspecto de aborigen resulto ser Ortiz, nativo de Sevilla y cautivo de los indios desde hacía varios años. Soto le proporcionó ropas y un caballo y le nombró su ayudante personal.
Ortiz se había salvado de morir gracias a la intervención de una hija del cacique indio de la tribu Ucita, que impidió que lo quemaran vivo y al parecer se enamoró de él. Esta historia, copiada del relato anónimo que el cronista de Elvas dejó escrito, fue divulgada por los anglosajones 200 años después para forjar la leyenda de la princesa Pocahontas, popularizada por el cine.
Parte correspondiente a la expedición de Hernando de Soto, en el libro que me estoy leyendo: Banderas Lejanas. Llevo menos de cien páginas, pero sólo por lo que ha merecido la pena ya os recomiendo compraros el libro. ¿Y es cosa mía o se parece mucho el nombre Juan Ortiz a John Smith (el inglés del que se enamora Pocahontas)?.
Sé que mi blog no llega a mucha gente. No soy tan famoso como Microsiervos o cualquier otro de esos blogs tan reconocidos. Es ahora cuando me gustaría tener el tirón que tienen algunos de ellos para que la gente se entere de cómo funcionan las cosas en algunos sitios que a priori pensamos que son estupendos. Estoy hablando de El Corte Inglés.
El otro día tenía que trabajar con mi portátil. No era una gran cosa… cuestión de dos horas máximo. Sólo necesitaba dos cosas: WiFi y un enchufe. Como en el Starbucks el WiFi no es gratis lo pensé mejor, y decidí ir a la cafetería de El Corte Inglés de Preciados, el único que esta abierto los domingos. “Total”, pensé, “tengo WiFi gratis y supongo que no les importará ponerme en una mesa que tenga un enchufe cerca”. Así que, cogí mis cosas y pasé treinta minutos recorriendo Madrid en transporte público sólo por ir allí. Cuando llegué, vi que la cafetería estaba prácticamente vacía. “Bien”, pensé. “Más posibilidades de que haya una mesa con enchufe”. Me acerqué a un camarero que había cerca, que resultó ser el encargado a vista de las órdenes que repartía a los demás, y le dije que quería una mesa con enchufe cerca para enchufar el portátil. Ya sabéis cómo va eso. Te sientas, pides un café o algo así, te pones a currar, pides otro… lo típico vaya. El camarero me responde con una mirada burlona a mi sonrisa inocente y me dice que no tienen ningún enchufe, y aunque lo tuvieran, no iba a dejarme enchufar nada porque “no está permitido”.
Se me borró la sonrisa de la cara y la mueca se tornó casi en furia. “¿Me está diciendo que no puedo enchufar mi portátil en la cafetería?”. “Sí”, me contestó, con un gesto que me invitaba a dejarle seguir trabajando. No perdí un segundo más. Me di la vuelta y me marché, con un millón de ideas bulliendo en mi cabeza. “Si esto lo digo en CUALQUIER restaurante o cafetería de Estados Unidos, se dejan los cojones por encontrarme un enchufe”, pensé. “¿Qué tipo de servicio al cliente es ese en el que me aseguran que no me dejarían usar la electricidad aunque hubiera enchufes cerca?”. Debo confesar que llevaba un cabreo cojonudo.
Con cabreo y sin WiFi, fui a un Starbucks. Adivinad qué. Cerca de cualquiera de los asientos había una toma de corriente. ¿Por qué en unos sitios se desgastan para que no vaya, y en otros se desgastan para que vuelva? ¿Por qué en España el cliente nunca tiene la razón? ¿Por qué a los clientes en España nos tratan como si fuéramos basura que molesta? Sé que mi blog no llega a mucha gente. No soy tan famoso como Microsiervos o cualquier otro de esos blogs tan reconocidos. Sé que nunca más iré a una cafetería de El Corte Inglés, y ellos no lo notarán. Pero cómo me gustaría tener el tirón suficiente como para cambiar ciertas políticas de las compañías de este país. Cómo me gustaría ver caer a las grandes empresas para dejar paso a aquellas que se dejan la piel por los que les dan el dinero. Pero esto es España amigos. El país de los listos. El país de los smarty-pants.