Illinois

En un Denny’s en el Harlem de Chicago


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En una de las muchas paradas que hicimos para cenar, una de ellas la hicimos en el barrio chicaguense de Harlem, en un restaurante de la cadena Denny’s. No nos dimos cuenta de dónde nos estábamos metiendo.

Para empezar, dentro hacía un frío de pelotas. El aire acondicionado lo tenían puesto a todo meter… pero nadie parecía quejarse. Dentro del local, los pocos clientes que estaban eran negros, salvo un gordo inmenso con babero que llevaba ya su quinto plato a juzgar por las sobras de la mesa.

No le dimos mayor importancia. Nos sentamos en una mesa tipo “booth”, y comenzamos a charlar sobre nuestras cosas. Al minuto apareció una oronda camarera, también negra. Jugando con el boli y el bloc con las manos se apoyó en una columna junto a la mesa y nos comenzó a mirar. Ni una sola palabra nos dijo. Nosotros, acostumbrados a que en los restaurantes americanos nos trataran con una simpatía fuera de lo normal, nos encontramos con una camarera que no se digna ni a hablarnos para decirnos qué queremos, con pose chulesca.

Le pedimos las cosas y nos la fue trayendo poco a poco. Mientras hablábamos, podíamos ver cómo el comensal gordo seguía pidiendo platos y de vez en cuando paraba de comer para hacer ejercicios de relajación con el cuello. Algo increíble, vamos. Pero lo mejor de aquella noche fue al pedir la cuenta.

Había que levantarse y pagar en una caja situada a la entrada. Una encargada, también negra, nos atendió. Como no estábamos muy duchos en dar las propinas apuntándolas en la tarjeta, preferíamos siempre darlas en efectivo. Así, cuando vio que firmaba el recibo y comprobaba que no puse propina, me miró muy indignada y me dijo: “¿No vas a dejar propina?”. Yo pensé, “joder, encima de que nos tratas como a una mierda esperarás que te deje una buena propina”. Le dije que sí, que lo tenía en billetes. Me lo cogió de mala gana, y nos fuimos de allí cagando leches.

Cuando entramos en el coche, repleto de maletas con compras, pensamos que habían podido suceder tres cosas. O aquellos negros eran unos racistas de mierda, o unos maleducados, o ambas cosas a la vez. Arrancamos y nos piramos con una nueva anécdota que añadir a nuestro gran viaje.