Aterrizaje de infarto
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En la vuelta a Barajas desde Estados Unidos tuve un ligero contratiempo al aterrizar aquí en Madrid. Cuando ya habíamos llegado a la capital, y el avión se disponía a aterrizar con el tren desplegado, de repente se pone a acelerar y a ascender cuando estábamos ya a escasos 50 metros del suelo.
Las caras de todos eran un poema. La gente estaba flipando, y yo de repente me empecé a acojonar. Si no habíamos aterrizado en un día soleado y con buena visibilidad es que algo le pasaba al aparato. A modo de confirmación, el comandante habló por el hilo del avión. Al parecer habían tenido un problema con uno de los flaps, y mientras lo intentaban arreglar iban a dar un par de vueltas al aeropuerto.
Las vueltas fueron interminables. Yo ya empezaba a pensar que algo grave pasaba y que el avión estaba quemando toda la gasolina posible para que en el caso de que tuviéramos un accidente no nos quemáramos como si aquello fuera el infierno. Tras unos largos minutos en los que por primera vez descubrí lo que es la sensación de claustrofobia, el comandante volvió a hablar. Dijo que uno de los flaps no se abría al ángulo que ellos deseaban, y que el aterrizaje iba a ser un poco más rápido de lo normal. Además, estarían distribuidos todos los servicios de emergencias en la pista, por si acaso. En ese punto ya el murmullo se convirtió en conversaciones alborotadas. Algunos reían nerviosamente. Otros simplemente dormían… pero la mayoría estábamos nerviosos, incluido el que escribe esto. ¿Qué he hecho yo para que me mate en un avión?, llegué a pensar. Qué mala suerte tengo, ¡coño!, o ¡que ahorquen al hijoputa que no revisó los flaps antes de salir!.
El avión comenzó a bajar, y volvió a desplegar el tren de aterrizaje. Cuando ya estábamos cerca del suelo pude ver que íbamos a toda hostia, mucho más deprisa de lo normal. En ese punto yo ya estaba acojonado. No sabéis qué sensación de impotencia da estar encerrado en un bicho con alas del que no puedes salir, y en el que tienes que confiar para tomar tierra sí o sí.
Finalmente el avión tocó suelo, y la frenada, que duró más de 20 segundos, fue espectacular. Cuando vimos que el comandante ya había controlado el aparato la gente comenzó a aplaudir y en un momento la cabina se llenó de una gran ovación. Ya yendo despacito por la pista, oíamos que el avión hacía un horrible chirrido al frenar para tomar las curvas. El comandante dijo que no podríamos llegar a la terminal porque los frenos estaban demasiado calientes y no funcionaban correctamente. Así, bajamos por una escalerilla como si hubiéramos ganado la Eurocopa, y dos autobuses nos llevaron a las puertas de la terminal. Cuando pisé tierra suspiré tranquilo.
Por vez primera, me había acojonado volando.

