Miércoles, Septiembre 17th, 2008
at 10:38pm
En las pinturas rupestres podemos ver cómo cazaba antiguamente el hombre. Hablamos de hace quince mil años. En especial destacan las figuras humanas, con cuerpos delgados y estilizados dando caza con lanza a bisontes, figuras regordetas y arqueadas. Estoy seguro de que en aquella época aquello era una proeza. Un hito de la ingeniería. ¿Inventar algo largo, afilado y que se pudiera atacar desde una distancia segura? Aquello eran invenciones y no la puta mierda del iPod Touch.
Sin embargo hoy, en el s. XXI, en plena prosperidad tecnológica, un reducido pueblo de galos españoles lucha por mantener viva esa antiquísima tradición. Poco importa que ahora existan métodos para criar especies, mantenerlas y matarlas sin cazarlas. Para demostrar que tienen unas tradiciones arraigadas, y que ellos en eso de recuperar viejas costumbres son mejores que nadie, cogen un toro imponente, lo sueltan en el pueblo, y entre nosecuántos lo llevan al monte y lo rodean para matarlo a lanzazos. Lanza tras lanza, una tras otra. El toro se desangra, y totalmente confuso por el acorralamiento e invadido por el miedo por saber que va a morir, se echa sobre el campo mientras los valientes lanceros deciden darle la suerte final. Que lo rematan, vamos.
Qué salvajes, dirán unos. Es tradición, ladrarán otros. El caso es que llevo todo el día pensándolo, y aún no puedo entender por qué se matan a los toros en diferentes modalidades (a cual más salvaje), y más especialmente de esta manera. Costumbres, oigo aquí. España es piel de toro, oigo allá. ¿Les estamos dando motivos a los italianos para reabrir los circos y que pervivan la cultura y las viejas costumbres? ¿Volvemos a echar a la gente a los leones? En ese aislado pueblo se debe tomar como algo normal que un grupo de niños apuñale salvajemente a un gato en la plaza del pueblo. Al fin y al cabo, eso es lo que hacen sus adultos. Matar por matar, para que la tradición siga viva.
Y yo, sin embargo, sólo veo dolor y sangre.




Que alguien haga algo para que este haya sido el último año en el que los prehistóricos mataron a un astado con lanzas.
Sábado, Marzo 29th, 2008
at 12:34am
El perro Paco podía haber sido un chucho cualquiera de los muchos que malvivían en el Madrid del s. XIX, pero quiso el destino que por unos años fuera el perro más famoso y más querido de España. Os cuento por qué.
La historia se remonta a 1879. En el café Fornos, situado en la esquina entre las calles de Alcalá y Virgen de los Peligros (en su lugar, en Alcalá 21, hay hoy otro café, por nombre Starbucks, pero su glamour no es el mismo), solía cenar con sus amigos el marqués de Bogaraya, borbónico hasta las cejas y hombre de nobleza situado en las altas esferas. Aquella noche, el perro Paco no había encontrado nada aprovechable, y el delicioso olor que salía de la puerta de Fornos le indujo a entrar. Su osadía le llevó hasta las piernas del Marqués, que en vez de darle un puntapié le ofreció generosa ración de carne, pues le resultó simpático el negro can.
El perro Paco fue la noche siguiente al mismo lugar por si la suerte caía de su lado otra vez. El marqués, asiduo a Fornos, volvió a dar de cenar al chucho mientras lo acariciaba y reía con sus amigos. Pronto, el perro Paco se convirtió en invitado de honor en el café Fornos, y nadie osaba regañarle por entrar, mas le permitían la entrada si le veían esperando, pues el marqués era su amigo, y en el café Fornos, como en casi todos sitios, quien manda es el cliente (y más si es bueno).
Madrid empezó a conocer la historia del simpático can, y su fama le abrió las puertas de todos los cafés y teatros de la capital. Se convirtió en pocos días en el perro más famoso del país. Todos querían tocarlo, acariciarlo, y sin duda los dueños de los comercios le agasajaban con sus mejores viandas, pues se decía que el perro Paco sabía dónde se comía bien, y a los comerciantes les interesaba decir que el perro había entrado en su local. Se crearon productos con el nombre del perro, e incluso en un periódico local un periodista escribía una columna firmada por el perro Paco, donde, bajo un punto de vista canino, se criticaba al gobierno y se comentaban los problemas de la época. También entraba a los teatros, incluido el magnífico Apolo. Si los actores lo hacían mal, el perro Paco ladraba críticamente, a lo que el público respondía con un sonoro abucheo por la mala actuación.
En la tarde del 21 de junio de 1882, el perro Paco, que había ido a ver los toros, se sintió defraudado con la mala corrida que estaba haciendo un novillero, y se lanzó al ruedo para ladrarle, a lo que el público, como era habitual, acompañó con pitos y gritos de “fuera, fuera”. El novillero se puso más nervioso aún, y queriendo alejar al can le asestó una estocada que dejó al público mudo, y al perro herido de muerte en el ruedo. Cuenta la historia que la policía tuvo que proteger al novillero del linchamiento que se le venía encima.
El empresario teatral Felipe Ducazcal recogió al perro, y lo llevó a los mejores veterinarios, pero nada pudieron hacer por su vida, pues a los pocos días murió, y con él, la mayor unión que el pueblo de Madrid tuvo jamás con un perro. Al día siguiente fue enterrado en el Retiro, y muchos lloraron su ausencia. En las corridas ya no se oyeron más sus ladridos, y los actores malos pudieron hacer sus malas obras sin su peor crítico entre el público.
El paradero de la tumba del perro Paco se desconoce en la actualidad.
Foto | un extraño en md
Google Maps | Starbucks (antiguo Café Fornos)