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Deberíamos regresar

El tren llega, haciendo ese ruido de tormenta chillona que hacen los trenes antiguos cuando terminan de parar. Bajamos, y el frío nos sacude en los morros. Me dices que me ponga la bufanda mientras yo te coloco el gorro, ese que con dos simpáticos botones te hace parecer una pequeña hormiga. Me empujas sonriente, haciéndote la ofendida.

Andamos sin rumbo fijo. Queremos conocer el pueblo, empaparnos sin prisa, sin más. Doblamos aquella esquina, y la que hace el edificio aquel. ¡Qué silencio!, te digo, y mientras me miras sonriente entramos en un café.

Tú un té, un capuccino para mí, y nos sentamos dispuestos a profesar nuestra única religión, la de la lectura que sólo puede ser interrumpida por preguntas ingeniosas o caricias con dedicación. No recuerdo qué leí, ni lo que leíste tú, pero sí recuerdo el embriagador aroma a café y tu sonrosada cara radiante de felicidad. Salimos, y nos dirigimos al puerto. Las gaviotas nos sobrevuelan con su eterno protestar. Todo está tan blanco, pienso; y me doy cuenta de que nunca había visto nieve tan cerca del mar.

Vemos un muelle donde sentarnos, y hablamos de las casas del otro lado de la pequeña bahía. ¿Te imaginas que compráramos una casa allí? ¿Te gustaría? Me preguntas con esa mirada de niña pequeña que echa su imaginación a volar. No contesto inmediatamente y me dispongo a soñar. No me cuesta nada verme en un amplio salón, con enormes ventanas y lleno de libros, ¡un montón!. Gran cocina y mejor equipo de música. Mientras mentalmente pongo Miles Davis en nuestro nuevo nido de amor me giro para decirte que me encantaría, pero me sorprende tu cara en el camino. Me besas con delicadeza al tiempo que ese magnífico jazz resuena en la casa, y en mi interior.

Es bonito el pueblo, te digo, cuando dejamos el muelle atrás. ¡Me sorprende que no sea más grande, que no lo aprecie la gente más!, hablo pensando en voz alta. Un bar con una copa de cóctel por rótulo luminoso irrumpe en el camino. ¡Entremos!, me dices mientras me arrastras agarrado de tu mano al interior. En la carta, esos mejillones destacan entre todo lo demás. ¡Hecho! Los acompañaremos con dos copas de vino, de la tierra, por favor. Me hablas de todo y de nada. Recuerdo poco, pero todo se queda. Sí sé que suena flamenco de fondo en el bar. Flamenco, tan lejos de mi gente, tan cerca de mi hogar…

Salimos del café sin saber que construimos allí mismo los cimientos para un recuerdo que siempre nos acompañará, el que nos dejó el café de nuestro pueblo marino, donde aquellos deliciosos mejillones hicieron de tejado para finalizar la gran mansión de añoranzas que habíamos empezado a edificar. En el futuro, me dices con ternura, deberíamos regresar.

Y felices a rabiar, volvimos cogidos de la mano al tren que nos llevaría de vuelta a la gran ciudad.

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Jueves

Pasa el tiempo, pero no olvidamos. Eran las 9 de la mañana cuando me despertaron con la terrible noticia del atentado en Madrid. Casi doscientas personas tomaron el último tren, el que les llevó a dejar un hueco terrible en muchísimas familias. Os dejo con la canción que ahora se ha hecho popular por recordar aquella barbarie. Es algo ñoña, pero te agarra el corazón y te lo comprime, así que supongo que en cierto sentido es buena. Qué pena me dan estas cosas…

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Estación de Chamberí

El sábado pasado fui con Kate a visitar la antigua estación de Chamberí, la famosa estación fantasma cerrada en 1966 que se podía ver en el trayecto entre las paradas de Bilbao e Iglesia si pegabas bien la nariz a la ventana. La remodelaron y la abrieron al público, y hoy se puede visitar gratuitamente mediante la entrada que han habilitado en la Plaza de Chamberí, en Madrid.

Lo cierto es que ver cómo era una estación hace muchas decenas de años apela al corazón. De alguna manera imaginé a mi padre paseando por esa estación, por la que aún pasa el metro en su trayecto diario. Imaginé a centenares de personas yendo y viniendo, admirando los preciosos anuncios publicitarios, o simplemente con prisa, como suele ser habitual en el suburbano.

Me encontré viajando mentalmente por más de media hora, observando detalle tras detalle. Había anuncios en los que los números de teléfono sólo tienen cuatro números… otros cuyas empresas ya no existen o algunos en los que reconoces la empresa propietaria. La restauración ha sido portentosa, y me alegra deciros que la visita es obligada. Es gratis y en el centro de Madrid. Si queréis pasar una hora admirando las entrañas escondidas de la capital, sólo tienes que pasarte por allí. Además, hay visitas guiadas en la que te explican toda la historia que rodea a la estación, con lo que no hay excusa posible. Os dejo unas fotos.

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